Gesto y movimiento

© Fotos Sandra Sue
    Texto J. Alberto Mariñas

Primero el baile, luego la música, más tarde la canción. A partir de ahí el mito, el aura, los estereotipos de pasión, sensualidad, seducción… y su imagen. A veces me pregunto ¿dónde está realmente el tango?, ¿dónde habita?.

 

Puede que el espíritu del tango transite por la melodía y el compás; y que se le reconozca en las letras y en la voz, desgarrada siempre, que las dice. Pero si hay que buscarle una morada, está sin duda en el baile.

Es el tango-baile, y no la música o la canción, el generador del gesto y el difusor de una supuesta - a veces real - escenografía porteña que se ha hecho inconfundible y ha sabido encontrar un lugar en la memoria visual del mundo, desde Helsinki a Taiwan, desde París a Bombay. No importa que los instrumentos cambien, ni siquiera que un erróneo compás de la música entorpezca más que ayude al baile. El gesto lo representa, lo evoca, se convierte en símbolo gracias a una rara cualidad de evocación universal que muy pocos bailes poseen.

 

Sin embargo… ¿qué ocurre cuando el tango se desnuda también del movimiento como ocurre en las fotografías de Sandra Sue? Entonces, nos queda sólo la liturgia del gesto. Hay tango en la imagen que rememora boleas, ganchos y caídas, en cualquiera de los clichés dinámicos de la danza, pero su espíritu es igualmente patente en la pose: unos dedos que acarician el sombrero, unas manos en los bolsillos, la mirada de soslayo, un cruzar de piernas… imágenes que recuerdan épocas y situaciones que han quedado cristalizadas y peremnes creando un folklore con sus leyendas y sus mitos, con su vestuario y sus ritos.

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